viernes, 26 de diciembre de 2014

Beso

Ella lo conoció hace poco, hace muy poco realmente, no había pasado más de una semana desde entonces, pero ya estaban en su cuarto, sentados en su cama mirándose fijamente, no sabía cómo habían llegado ahí, pero en ese momento no le importaba, y a él tampoco parecía importarle, simplemente no podía apartar la mirada de sus ojos marrones, y eso, su mirada hipnótica, hacía que nada más importara. Parecía llevar una eternidad viendo esos ojos, no podía recordar el inicio de esa mirada mutua ni sentía que fuera a acabar, el tiempo había perdido su forma y su lógica, dejando de ser un soplo de viento que empuja las cosas sin freno alguno para convertirse en materia maleable, y de repente ocurrió que pudo verse a sí misma sentada frente a él, como si fuese una tercera persona pero sin dejar de sentir su propio cuerpo sentado y la mirada de aquel chico que tenía en frente, sintió entonces cómo su cuerpo se llenaba de una sensación indescriptible que polarizaba su cuerpo con una carga opuesta a la que se polarizaba él, atrayéndose mutuamente hasta convertir la cercanía en beso. Tuvo que salir del cuarto sin tener una razón aparente, alguna fuerza la obligaba a salir dejándolo ahí luego de besarlo, y esa misma fuerza le impidió regresar una vez que se encontraba afuera. 

Despertó, y su primer pensamiento la hizo sonreír, aún podía sentir la emoción del beso. Era obvio, lo había conocido hace muy poco para que hubiera ocurrido aquello, apenas un sueño, pero aún así había sido una de las sensaciones más fuertes que había experimentado: su mirada, sus labios.

Al día siguiente, al verle, tuvo ganas de contarle al respecto del sueño, pero la pena se lo impidió, ¿qué pensaría él de aquello si recién lo conocía? pensó, así que se contuvo y actuó como lo haría normalmente, él también actuaba como siempre, como un amigo. La tarde de ese mismo día, cuando se iban a despedir, ella, en un arrebato de confianza, le contó a él el sueño de su beso, a lo cual él, como se esperaba, respondió con una cara de sorpresa, pero la siguió con una sonrisa; la noche anterior, la noche del sueño, del beso, él también la había encontrado en el mundo onírico y le había besado.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Redención

El hombre llegó a un terreno semi-inclinado que parecía el final del prado, se sentó y dejó que el corto pasto se metiera en medio de sus dedos; frente a él se encontraban dos pinos juntos a quienes se aproximaba un eucalipto; el sol quería esconderse detrás del eucalipto bajando poco a poco y cada vez más, esto hacía que los rayos de luz se filtraran entre las hojas de este árbol dándoles un efecto de brillo especial; el viento se encargaba de mover las ramas de los pinos haciéndolos danzar de forma armoniosa, éste también se encargaba de mover las esponjosas nubes blancas, brillantes de sol, que no se cansaban de cambiar rápidamente de forma. Era tal el escenario que el hombre se sentía uno con el paisaje, era un elemento más del cuadro, y se sintió abrumado por tanta belleza que le rodeaba y a la que pertenecía, así que quiso fumar un cigarrillo; dudó por un momento, pues el cigarrillo rompería con la naturaleza del momento, sería un elemento artificial entrando en juego y despurificando el equilibrio, pero luego se dio cuenta que el cigarrillo significaba mucho más, era la escapatoria, la libertad, la redención de todo aquello que le abrumaba, de esa belleza que le encerraba.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Encontré

Y ahí estaba de nuevo, volteé a ver mi lado y me encontré su rostro sobre la almohada, mirándome fijamente, leyendo mis gestos faciales sin sorprenderse, ya los esperaba.

La encontré de nuevo en mi almohada, con su peso en mi cama y abrazándome fuertemente, sólo una diferencia traía encima, ya no vestía el color silueta que usaba antes de que yo la dejara, ese color que me alegraba de compañía y me entristecía de ausencia a la vez, ahora portaba un vestido oscuro con rayas grises, vestido que me recordó un vacío salpicado de estrellas apagándose.

Encontré sus ojos con un mensaje claro, su regreso me decía que no venía sola, que me traía mi pasado, que no quería dejarme e insistiría en permanecer ahí en mi almohada, su presencia significaba para mí una pérdida, el juego que quería después de dejarla había terminado, y mi fracaso en él significaba la muerte.

jueves, 23 de octubre de 2014

Andrés

Andrés tenía su nombre grabado en el rostro. Lo tenía escrito con tinta imborrable. Marcado de por vida a llevar con sigo su presencia, lo llamabas, y allí estaba, esa cara repleta de Andrés, muestra representativa de la población de Andreses. Convergían, como un caldo de células alrededor de una cuchara, todos, en su cara, cada vez que decías su nombre. Una vez lo llamé por su nombre, y casi muero de sobresalto. Era calumnioso que yo apuntara, siendo sólo un hombre, con tanta veracidad un hecho a priori, pues es que Andrés llevaba en el rostro su esencia. Llevaba su vida, todo lo que era, todo lo que había sido y todo lo que sería. Llevaba la historia de todos los demás que existirían rotulados con su nombre; todo lo que serían y todo lo que eran; aquellos eran Andrés, y Andrés era ellos, cada uno de ellos, todos, y cada uno de ellos. Andrés reverdecía cada vez que lo llamabas, era él, el inicio de su nombre y el fin, el dueño de la categoría, la excepción a la regla. Un hombre que llevaba puesto el rostro de un legado.

domingo, 31 de agosto de 2014

Sin retorno

Cuando logro hablar con Diego me hago más a la idea de que no volverá; está frecuentemente en algún pasillo o detrás de algún edificio, solo, siempre solo pero rogando encontrarse con alguien que comparta sus ojos tristes. A veces extraño ese joven alegre que solía ser. A veces pienso en su grande sonrisa, en su balón de voleibol y en cómo nos hacía doler la mandíbula de tanta carcajada. A veces siento lastima por él, pero esta se pierde fácilmente porque fue advertido pero no quiso oír; como todos cuando se enamoran. Hoy sigo pensando que habría sido mejor que lo hubiera abandonado o engañado, porque a los muertos no hay como echarles la culpa, de nada sirve odiarlos. Eso es lo que necesita Diego, alguien (ella) a quien expulsarle la miseria que lo corroe vivazmente, escupírselo en la cara y deformarle el camino, para que así vuelvan sus ganas de seguir existiendo, porque a la vida nunca se vuelve después de cruzar el camino que Diego cruzó.

La imagen de Diego abrazando el ataúd no se me borra por más que quiero. Juraría que él estuvo pensado en la última vez que la abrazó, en cómo su cariño le había dirigido esa nueva vida que poseía. Pasaría con desdén esos momentos en los que gritaba desaforado por sacarse tanto dolor otorgado por ella y en cambio habrá pensado que ella lo hacía un mejor hombre. De nada sirve ya, pero yo le dije en su momento que Andrea no le traería sino problemas y que no se comportara como un chiquillo que cae en esa trampa reluciente —algunos idiotas la llaman amor — que brilla y brilla, embobando a todo el que no se ha quedado inválido ya. 

Recuerdo el día en que la conocimos. Tenía un corriente cabello liso y una bonita piel morena; era cachetona con ojos demasiado grandes para sus cejas y cargaba unas ñatas demasiado respingadas. A mí me pareció una caricatura andante pero a Diego esos pastosos ojos le encantaron, tal vez habrá visto debajo de unas finas cejas dos ojos como mundos que adormecen a quien quiera entrar en ellos y una nariz que merecía ser pintada. Ella me parecía una niñita inmadura en unos ámbitos de la vida y precoz en muchos otros, los más interesantes; por eso fue que se robo a Diego, lo enredó con sus mañas, con su acentico de puta y sus tiernos hoyuelos en las mejillas.

Los muchachos y sobretodo yo, entendíamos que el Diego que habíamos conocido estaba siendo absorbido y que cada vez había más de ella en él. Un miércoles esperábamos como siempre ver a Diego aparecer con su balón de voleibol, pero esto no pasó; ese día él había planeado quedarse con ella. Esa tremenda pendejada fue el aviso del futuro tiempo compartido entre alegría y  miseria que le esperaba a Diego y también fue el preludio de su abandono. Los siguientes meses poco sabíamos de él, lo veíamos de vez en cuando en la clase que compartíamos ese semestre, donde la conocimos a ella. Se la pasaban recostándose en el hombro del otro, turnándose, intentándose decir con la mirada los más grandes clichés en torno al amor; me imagino que eso era lo que hacían. Solían salir corriendo de clase, yendo a tirarse al pasto a ver nubes pasar, diciendo que esta se parece al peluchito que él le habrá regalado o que esta otra le recuerda la cama donde habrán conocido sus más intensos suspiros. 

Un sábado por la noche Diego llegó por sorpresa a la celebración de mi cumpleaños. Fue inesperado porque él ya no salía con nosotros y más aún porque no fue invitado. Sabía a lo que iba, pronto asalto la botella de vodka barato con la que contábamos y no la soltó. Sólo supimos que tuvo una gran pelea con la respingada, lo cual no era nada raro, ellos dos se gritaban más de lo que se besaban; razón para no alterarse ni preocuparse por Diego. En cambio, bebimos con él en silencio, extrañando el chico que enloquecía con el trago y nos ponía a brincar y a reír sin reservas. Ellos se querían y lo sabían, y estoy seguro, ese fue su mayor error. Pobre imbécil, pensé mientras Diego lloraba e insultaba un sofá azul descolorido que hacía juego con el humor con el que Diego andaba. “La culpa es mía por estar tan tragado” dijo después, claramente desvestido del odio que lo consumía cinco minutos atrás. En medio de su ebriedad logró dilucidar el centro de su desgracia; y pienso que ella también, pero en otro lugar, igualmente ebria; y fue en ese estado que decidió saltarle desde el puente de la calle 68 al taxi que atravesaba a las tres de la mañana la carrera 30 con destino al norte. Esa era Andrea, le gustaba dejarnos a todos mudos y a Diego con una injusta culpa. Pensó que esa era la jugada maestra, así nuestro amigo nunca podría borrar el sabor de sus tonterías, de su mal llamado amor. Debió haber sido así, ella saltando sonriente, preguntándose con una rara tranquilidad si lo que la mataría seria su cráneo contra el asfalto o la carrocería pasando sobre ella.

Hoy Diego camina andrajoso por la universidad, parece que asiste con la intención de que su desdicha no sea sólo suya. Camina por ahí para que los demás compartan, al mirarle su rostro ojeroso y lagañudo, ese velo gris que carga todos los días; parece que lo único que quiere es que se lo ayuden a sostener, no se quiere deshacer de él, solamente no quiere cargarlo solo. Cada día es más evidente que la magia y vida del antiguo Diego no retornará jamás; ya han pasado  más de dos años desde el “incidente” y lo único que queda es esperar que no quiera matarse. 

lunes, 4 de agosto de 2014

Noche, suelo húmedo, ninguna luz artificial...

Noche, suelo húmedo, ninguna luz artificial; alumbraba sólo una cosa, sus ojos. Pensaba en sus manos entrelazadas, en su cuerpo caliente sobre ella, en algunas gotas de lluvia o de sudor, no lo sabia con exactitud. Sonrió, lloró, dejó ver sus luminosos dientes mientras se observaba en el espejo, allí, sentado, pensó en asesinarlos a todos, a todos los que odiaba; se le ocurrieron mil formas de hacerlos sufrir, luego mil más mientras veía sonreír macabramente su reflejo. Se sintió perturbado, no era él, sus piernas no le respondieron más. Se tiro al suelo. Luego, con esfuerzo y con miedo de volver a estrellarse con ese reflejo se levantó. Era la oposición perfecta de Narciso, le aterraba su imagen, no quería volver a encontrarse pero no podía dejar de buscarse.

martes, 29 de julio de 2014

María ritual

A María le obsesionan los bigotes de su perro con la misma intensidad que la utilidad del paradigma holográfico. Ella por las mañanas abre sus ojos sin ganas y deja salir dos versos incomprensibles que le ayudan a reiniciarse por completo; eso cree ella. María pasea por las calles bogotanas, un día con escote, otro con saco de lana, gafas y cabello recogido, pero los sábados sin excepción usa un gabán que le llega hasta los tobillos. A cada atuendo le pertenecen emociones y pensamientos particulares. Moña igual a decepción y amargura. Los gabanes largos son consecuentes con las sorpresas y la lectura, apunta ella. Además dice que los sábados son un estupendo día para ser feliz y los miércoles para reorganizar el alma.

María esencial

Yo le digo que tiene un serio problema de identidad, ella me responde: "¿Quien no?" Le reprocho su incoherencia, las pautas que la ritualizan solo se cumplen después del trabajo y la familia. Ella me dice que no quiere ser internada, y que por eso no se le puede pedir consistencia. Que no me queje, que disfrute el poder tenerla esencialmente. Ella me dice que no le puedo refutar el querer ser funcional, que le ha costado aprender a serlo, que no sea idiota y que si no puedo dejar de serlo... Nunca acaba la frase.

María me permeó.

viernes, 30 de mayo de 2014

El Trabajo - Tercera Parte

Cuando Mikel comprendió la competición de la que él era el premio mayor, no sonrió. Las cosas no estaban pasando cómo él hubiese imaginado; el trabajo lucía ahora como una excusa más que como otra cosa. ¿Qué podía hacer Mikel a estas alturas de los acontecimientos? ¿Huir? Quería salir de allí como el corcho de una botella de champagne haciendo ¡pap!, disparado con urgencia hacia cualquier lugar de la oscura noche. Chamberrí comprendía las calles más oscuras de Nueva Madrid. ¿Qué iba hacer un hombre por esas calles a estas horas? Seguramente encontrar un bar y desde allí llamar, pedir disculpas y esperar que todo saliera bien. Tal vez las cosas hubieran salido de acuerdo al plan, pero aquella chica ya le había hecho una pregunta:
– ¿Dónde queda el baño?
No había habido respuesta; Mikel había estado absorto, como en un episodio de lag de prolongación infinita, sumergido en pensamientos que desembocaban siempre en lo mismo. La chica volvió a hacer una pregunta, en ese instante Mikel abandonó ese bucle interminable, aterrizando de bruces a lo que era ahora la realidad.
–Te había preguntado dónde quedaba el baño –Mikel comprendió que se estaba perdiendo en sí mismo. Tenía que hacer algo.
Respondió:
–Si, sólo estoy jugando contigo. El baño queda en la sala; la puerta a la derecha. –Esto último en tono sereno, casi paternal y muy seguro.
La chica lo miró, segura de lo iba pasar a su regreso, y abandonó la habitación.

jueves, 29 de mayo de 2014

María aperitivo

María labios rojos. María feminista. María pies descalzos. María materialista. María la ingenua. María vagabunda. Hoy poco extraño cada una de sus aristas, mucho su pelo rojo. Me bastaría solo con verla pasar de lejos. Verla acabarse el cigarrillo fuera del jardín preescolar donde trabaja. Llevo más de un par de días frente al jardín. Ella nunca sale. Ella nunca saldrá.

domingo, 11 de mayo de 2014

El Trabajo - Segunda Parte

Asido como un náufrago a una tabla, Mikel renegaba pensar que aquellas dos chicas frente a su ordenador pudiesen comérselo. Sus ideas habían empezado con asedio ese día, como quien prende una mecha sin imaginar que algo fuese a explotar. Había un amontonamiento, una aglomeración de sentimientos turbios en su cabeza. Pronto no tendría ropa y sobre él estarían aquellas dos chicas peleándose como dos perros por un trozo de carne; él no lo sabía, pero parecía sospecharlo. Verlas allí con la mirada comprometida con lo que fuera que estuviesen pensando se lo decía, es más, se lo demandaba. “Te vamos a comer Mikel… …te vamos a comer y de ti, ¡no quedara nada!”, balbuceaba el chillar de la ventana movida por la brisa de medianoche.

Se aventuró dos tres pasos sobre el piso de madera de su habitación. Las observó. Parecía una escena estática de una película de Stanley Kubrick, que en cualquier momento dejaría de ser estática y pasaría algo horrible; como si de por sí la escena quieta no diese miedo suficiente. Una de las chicas le habló. “¡Es una trampa! ¡Todo es mentira!”. Era como si una fotografía le hablara.
– ¿Me escuchas? –los oídos de Mikel los acaparaban especulaciones venidas de la noche tan oscura.
Perdido en ideas peligrosas parecía entender por fin la naturaleza de su situación. De pronto el bar, el coqueteo y el trabajo tuvieron sentido para Mikel.
–Si… –sólo había una respuesta.
Se quedaría inmóvil, con los músculos quietos pegados al hueso hasta que fuese el momento ideal, entonces todo sucedería; Mikel cumpliría su destino, y aquellas chicas pagarían.

sábado, 10 de mayo de 2014

Magda

Algo cayó de repente desde el cielo, así que Magda corrió a ver qué era aquello. Se encontró con un pequeño cráter en el suelo que contenía un rostro en su centro, Magda se acercó lentamente y notó que el rostro sufría, así que con todo el cuidado que pudo lo alzó, quería ayudarlo pero no tenía un cuerpo en el cual colocar el rostro, entonces Magda lo decidió, debía salvarlo y para ello se lo comió.

lunes, 5 de mayo de 2014

El Trabajo - Primera Parte

Allí estaba él, en la cocina; con un bol en sus manos y culos en sus visiones. Fiel a la espera de una respuesta que lo sacase del trance. Terminando la cocina, atravesando la sala estaba la habitación donde aguardaban como un gato por su comida dos chicas. No sabía que iba a pasar apenas llegase, no parecía haber ánimos de que quisiera averiguarlo. Unas galletas y una lata de salchichas serían suficientes, pensó, acomodarlas en el bol limpio sería el primer paso, apagar la luz tras abandonar el sitio sería el segundo. Titubeó. Contempló el bol vacío; le pareció ridícula la facilidad con la que todo empezaría. Suspiró. Atravesaría la sala y quedaría de pie atónito bajo el marco de la puerta de su habitación. Era lo impredecible del asunto lo que le volvía acuosa la sangre. Era el marco de la puerta, todo, desprendiendo su luz por la sala oscura, el cuarto paso y el final. Tomó aire con motivo de bajar su adrenalina. Echó su vista a la habitación. Respiró. Dio el primer paso; toc. Dio el segundo; toc. Dio el tercero; toc, toc, toc. Se abalanzó bajo el marco de la puerta viendo al interior de su habitación. En ese segundo se resumió toda la emoción y la tragedia del mundo. Estando de pie bajo el marco de la puerta vio a aquellas dos chicas, ambas frente al ordenador. En la pantalla parpadeaba una pequeña línea después de un aglomerado de letras. En la fuente más grande las últimas palabras eran: “…serás el siguiente”. Quedó atónito.

sábado, 3 de mayo de 2014

Los vio hablando...

Los vio hablando; Mike con Andrew, Andrew con Karla, Karla con Mike, todos haciendo la fila. Ella tenía amigos como miedos tiene una niña. No le contaba cosas a cualquier persona, y siempre tenía esa recurrencia a temas salidos de alguna crisis antropológica. Los miraba y decía lo mucho que todo le molestaba; ella usaba un abrigo blanco, esos a los que el polvo se les nota. Lo había visto, les dijo, no lo llamaría, pensaba minutos antes que abandonara la fila, tras mucho quejarse.

Llegó tarde, cuando todos habían ya emigrado. Los buscó en la multitud queriendo verlos hablando con desconocidos, abrazando madres, besando hijos, haciendo algo que viese para encontrarlos. Se quedó quieta, anclada al puesto en el que habían estado sus compañeros como si pensase que cuanto más cerca de ellos más fácilmente los vería. Pero nada pasó; vino la lluvia y se fue la gente. Ella esperó parada con sus ojos sobre el norte, con sus anteojos empapados con los que esperaba verlos. Esperaba hallarlos en la distancia en cualquier momento, para pensar que al fin la espera había cesado, pero nunca cesó. La lluvia no paró sino hasta la mañana siguiente.

domingo, 27 de abril de 2014

La ilustre señorita

Disculpe usted, ilustre señorita, pero es mi deber informarle, sólo por respeto a los derechos humanos y la calidad de vida de las gentes, que un hombre se desvanece cada vez que la ve sonreír. Docenas sufren de una creciente impotencia al oírla cantar y ni decir del infortunio de los futuros infelices que alcanzan a encontrarse con sus ojos almendrados. Es una pena, realmente es una pena que esa "inocencia" suya cautive y encloquezca a tantos desdichados y, es mayor pena aún que yo esté entre ellos. Porque sí, cada vez que se le ve sonreír, que se le oye cantar, que uno se cruza en el camino de sus ojos almendrados, se vuelve incuestionable el hecho de amarla. ¿Por qué lo facilita tanto? Si usted se deja amar pero no ama.

viernes, 25 de abril de 2014

Juan Las Tierras y la Danza de las Manos

Hola, mi nombre es Juan, Juan Las Tierras, y les vengo a contar la historia de dos de mis más preciadas amigas y su aventura: Una de ellas se llama Derecha, la otra se llama Izquierda, son buenas amigas, trabajan muy bien en equipo y les gusta estar juntas, pero no necesitan estarlo. Se juntan para pensar, para jugar y descansar. Son algo tímidas con los demás, pero a pesar de ello se pueden tomar confianza y ser muy amigables, por ésto ellas tienen muchos amigos, algunos con quienes comparten más que con otros, pero en general prefieren estar juntas y solas. Se les suele prestar mucha atención en las conversaciones, pero generalmente pasan desapercibidas como los demás, ésto ¡Claro! hasta que descubren su peculiar y asombrosa suavidad.

Las dos son muy similares y comparten su gran particularidad, aunque cada una tiene un punto en el que se pierde su suavidad: Izquierda en la yema de su dedo indice a causa de la música y Derecha bajo su dedo anular debido a su gusto por el viaje.

En una ocasión Izquierda sintió algo de envidia de Derecha, pues ella suele salir sola algunas veces, así que decidió conocer a alguien nuevo en frente de ella para generarle celos. Pasó Izquierda un buen tiempo sin decir nada con respecto a su idea, esperando el momento apropiado para llevarla acabo. El día por fin llegó cuando ellas, tanto Derecha como Izquierda, conocieron un grupo de amigas nuevas, y entre ellas hubo una con quién Izquierda se empezó a llevar muy bien, así que decidió llevar a cabo lo que deseaba justo en ese momento y suavemente, tal y como lo indicaba su naturaleza física, se acercó a Ella e inició un leve contacto que poco a poco fue evolucionando hasta volverse un viaje tentador del tacto, y en una maniobra habilidosa de Izquierda, todo se detuvo en una posición estética en la cual las yemas de Izquierda y de Ella se tocaban mutuamente en un lazo de sospecha. Fue entonces cuando Derecha se percató de lo que ocurría, y con el estar a la expectativa como único estado posible, sintió cómo el tiempo se ralentizaba y todo decidía permanecer en el estado en el que era atrapado por la vista de ella, entonces vio muy lentamente que Ella decidía separarse un poco de Izquierda lo cual la calmó un poco, pero entonces todo cambió y Ella se acercó nuevamente a Izquierda y sus dedos se entrecruzaron en un abrazo que emanó calor. Todo volvió luego a su velocidad normal, quizá acelerada, y las manos seguían juntas bañadas en proximidad, contacto, intimidad y magnetismo, y por éste último Derecha se vio atraída, con trasfondo de celos que entre más cerca al abrazo menos fuerza tenía, hasta el punto en que pudo tocarles, Izquierda y Ella se sorprendieron un poco con su llegada pero le aceptaron en su pasión, y así comenzó una danza entre las tres que poco a poco fue acercando a las demás amigas que conocieron ese día, hasta que hubo un momento en que ya no se podía distinguir una de la otra, pues del grupo se veía salir y entrar manos, fusionarse y quemar entre ellas, y perder toda propiedad de sus cuerpos.

Así fue como perdí mis valiosas amigas, como decidieron dejarme al encontrar la absorción del tacto, y justo por eso no les guardo rencor alguno y les sigo apreciando, porque su ausencia ha hecho de mí un mejor Juan Las Tierras.

jueves, 3 de abril de 2014

La réplica

En la mitad de la habitación hay una silla; un hombre está preso en ella. Las luces titilan por la extensión completa del corredor. ¿Escogimos nosotros este sitio o fue él el que nos escogió a nosotros? Imagino al hombre temblando con enjundia, gritando de dolor, pidiendo parar todo hasta que ya no respondiera. No escogimos este lugar por sus fallas eléctricas; el olor a carne quemada y el humo seguirían aquí cuando el hombre ya no estuviese. Las paredes gibosas de los años insinúan torturas, nos susurran a los oídos barbaridades, como si fuese aquí dónde Milgram hubiese vislumbrado el peor de sus experimentos. Todo complementa a la perfección para una apología al desquicio. Delatan los orificios su deterioro y su tan bajo costo de arriendo.

sábado, 29 de marzo de 2014

El rostro

Íbamos caminando cuando el silencio se apoderó de nosotros, por instinto o simplemente curiosidad, volteé a ver el rostro de Sebastian, éste había cambiado totalmente, ya no quedaba rastro alguno de la risa que traíamos hace rato, ahora estaba cabizbajo, ahora sus labios se unían formando una linea casi recta, con una leve inclinación en sus extremos, una inclinación de tristeza, ahora sus ojos... sus ojos se había perdido, se habían perdido con él, sus ojos estaban cubiertos con una delgada cobija de humedad, pero no podía liberarla, no podía llorar, no podía hacerlo pues yo me encontraba con él.

Todo en conjunto, su rostro, me mostraba lo que Sebastian sentía, pues a pesar de estar feliz de que próximamente sería padre, le apenaba ser padre del hijo de una mujer que no amaba.

domingo, 23 de marzo de 2014

Lo que quiero

Si me preguntas lo que quiero
no te podría contestar,
en un principio,
con palabras precisas.
Para decirte lo que quiero
tendría que especificar,
primero,
aquello que no quiero.
Así pues, no quiero
encontrarme de repente
en la noche, en mi cama,
abrumado por la soledad.
Con algún pensamiento,
existencial o no,
que se empeñe con esmero
en no dejarme dormir.
O imaginando la silueta
de alguna persona,
que cariñosamente me abraza,
para conciliar el sueño.
No quiero tampoco
tener en mi cama a un cualquiera
para probar el calor del sexo
y sentir el vacío del no afecto.
Ni quiero allí
la compañía de una amistad,
porque aunque no tiene el frío de la distancia
tampoco tiene el calor de la cercanía.
Lo que quiero
es dormir con alguien que,
con sólo mirar sus ojos,
se sepa lo que piensa el otro.
Con quien pueda explotar
el amor hecho carne,
pero sin decir absolutamente nada
decidamos no hacerlo.
Alguien con quien comparta
cada sensación, cada toque
y cosquilleo, cada experiencia,
como si fuésemos uno.
Que las posibilidades sean infinitas,
con magnetismo en la cercanía
y que se sienta el universo
en cada abrazo.
Lo que quiero,
Lo que en realidad quiero
es amar y ser amado,
es amarte y que me ames.

viernes, 21 de marzo de 2014

Se le haría tarde...

Se le haría tarde y contra cualquier pronóstico, no llegaría. Escuchaba las bocinas reclamar vías, afuera; un choque de automóviles. Sabía que la vería, sentada  posiblemente mirándolo, succionando de un pitillo el líquido de una botella. Pensaba: “¿Cuántos años hacen una vida? ¿Cuán larga puede ser una espera?”. Hoy por hoy no cumplir promesas trae malos días.

Le había dicho que llegaría, trayendo consigo más que intenciones buenas. Ella cuenta haber visto una a luz; un arrebatamiento que convertiría en brea toda sensación incomoda que trajera el aire antes de una tragedia. Ese día la radiación echó a perder su maquillaje.

Con sólo escuchar sus pasos podía sentir sus manos llenándose de él. Hay pocas verdades en este mundo; ella lo quería, y a él sólo le haría falta tiempo.

martes, 7 de enero de 2014

Scarlett pronto se convirtió...

[...] Scarlett pronto se convirtió en la amante de Lucius, los dos lo saben, ninguno ama al otro, pero disfrutan de las noches entre las sabanas negras, juegan a dominarse, a saber quién es más fuerte, él goza de admirar su cuerpo a la luz de la luna, de tocar su delicada piel, de besar cada centímetro de su ser, de excitarla. Ella siente un profundo placer cuando juega con su cabello, cuando le susurra al oído, cuando la penetra, cuando es su mujer. [...]