Cuando logro hablar con Diego me hago más a la idea de que no volverá; está frecuentemente en algún pasillo o detrás de algún edificio, solo, siempre solo pero rogando encontrarse con alguien que comparta sus ojos tristes. A veces extraño ese joven alegre que solía ser. A veces pienso en su grande sonrisa, en su balón de voleibol y en cómo nos hacía doler la mandíbula de tanta carcajada. A veces siento lastima por él, pero esta se pierde fácilmente porque fue advertido pero no quiso oír; como todos cuando se enamoran. Hoy sigo pensando que habría sido mejor que lo hubiera abandonado o engañado, porque a los muertos no hay como echarles la culpa, de nada sirve odiarlos. Eso es lo que necesita Diego, alguien (ella) a quien expulsarle la miseria que lo corroe vivazmente, escupírselo en la cara y deformarle el camino, para que así vuelvan sus ganas de seguir existiendo, porque a la vida nunca se vuelve después de cruzar el camino que Diego cruzó.
La imagen de Diego abrazando el ataúd no se me borra por más que quiero. Juraría que él estuvo pensado en la última vez que la abrazó, en cómo su cariño le había dirigido esa nueva vida que poseía. Pasaría con desdén esos momentos en los que gritaba desaforado por sacarse tanto dolor otorgado por ella y en cambio habrá pensado que ella lo hacía un mejor hombre. De nada sirve ya, pero yo le dije en su momento que Andrea no le traería sino problemas y que no se comportara como un chiquillo que cae en esa trampa reluciente —algunos idiotas la llaman amor — que brilla y brilla, embobando a todo el que no se ha quedado inválido ya.
Recuerdo el día en que la conocimos. Tenía un corriente cabello liso y una bonita piel morena; era cachetona con ojos demasiado grandes para sus cejas y cargaba unas ñatas demasiado respingadas. A mí me pareció una caricatura andante pero a Diego esos pastosos ojos le encantaron, tal vez habrá visto debajo de unas finas cejas dos ojos como mundos que adormecen a quien quiera entrar en ellos y una nariz que merecía ser pintada. Ella me parecía una niñita inmadura en unos ámbitos de la vida y precoz en muchos otros, los más interesantes; por eso fue que se robo a Diego, lo enredó con sus mañas, con su acentico de puta y sus tiernos hoyuelos en las mejillas.
Los muchachos y sobretodo yo, entendíamos que el Diego que habíamos conocido estaba siendo absorbido y que cada vez había más de ella en él. Un miércoles esperábamos como siempre ver a Diego aparecer con su balón de voleibol, pero esto no pasó; ese día él había planeado quedarse con ella. Esa tremenda pendejada fue el aviso del futuro tiempo compartido entre alegría y miseria que le esperaba a Diego y también fue el preludio de su abandono. Los siguientes meses poco sabíamos de él, lo veíamos de vez en cuando en la clase que compartíamos ese semestre, donde la conocimos a ella. Se la pasaban recostándose en el hombro del otro, turnándose, intentándose decir con la mirada los más grandes clichés en torno al amor; me imagino que eso era lo que hacían. Solían salir corriendo de clase, yendo a tirarse al pasto a ver nubes pasar, diciendo que esta se parece al peluchito que él le habrá regalado o que esta otra le recuerda la cama donde habrán conocido sus más intensos suspiros.
Un sábado por la noche Diego llegó por sorpresa a la celebración de mi cumpleaños. Fue inesperado porque él ya no salía con nosotros y más aún porque no fue invitado. Sabía a lo que iba, pronto asalto la botella de vodka barato con la que contábamos y no la soltó. Sólo supimos que tuvo una gran pelea con la respingada, lo cual no era nada raro, ellos dos se gritaban más de lo que se besaban; razón para no alterarse ni preocuparse por Diego. En cambio, bebimos con él en silencio, extrañando el chico que enloquecía con el trago y nos ponía a brincar y a reír sin reservas. Ellos se querían y lo sabían, y estoy seguro, ese fue su mayor error. Pobre imbécil, pensé mientras Diego lloraba e insultaba un sofá azul descolorido que hacía juego con el humor con el que Diego andaba. “La culpa es mía por estar tan tragado” dijo después, claramente desvestido del odio que lo consumía cinco minutos atrás. En medio de su ebriedad logró dilucidar el centro de su desgracia; y pienso que ella también, pero en otro lugar, igualmente ebria; y fue en ese estado que decidió saltarle desde el puente de la calle 68 al taxi que atravesaba a las tres de la mañana la carrera 30 con destino al norte. Esa era Andrea, le gustaba dejarnos a todos mudos y a Diego con una injusta culpa. Pensó que esa era la jugada maestra, así nuestro amigo nunca podría borrar el sabor de sus tonterías, de su mal llamado amor. Debió haber sido así, ella saltando sonriente, preguntándose con una rara tranquilidad si lo que la mataría seria su cráneo contra el asfalto o la carrocería pasando sobre ella.
Hoy Diego camina andrajoso por la universidad, parece que asiste con la intención de que su desdicha no sea sólo suya. Camina por ahí para que los demás compartan, al mirarle su rostro ojeroso y lagañudo, ese velo gris que carga todos los días; parece que lo único que quiere es que se lo ayuden a sostener, no se quiere deshacer de él, solamente no quiere cargarlo solo. Cada día es más evidente que la magia y vida del antiguo Diego no retornará jamás; ya han pasado más de dos años desde el “incidente” y lo único que queda es esperar que no quiera matarse.