Bailo salsa en compañía de una chica que sabe hacerlo. Ella no me interesa; la mujer de pelo rojo que nos mira de lejos, sí. Termina la canción, la he disfrutado y se notó. La anfitriona me presenta a sus compañeros de teatro. Miro de reojo a la pelirroja. Ella se me acerca, me rosa la muñeca y me mira mientras dice: “la próxima salsa la bailamos”. Le sonrío. Me deja.
Nos encontramos en la casa de una bonita mujer. Bonita por eso que la gente llama alma e imaginación. Está cumpliendo 21 años y reunió a sus más cercanos en la casa de sus papás. La fiesta promete. Me confieso algo de inseguridad, no creo lograr nada con la pelirroja así que me acerco a otras sin encontrar nada especial. Oigo sonido bestial y siento una invitación de esa desborda intuición que raras veces me visita. La acepto y dejo el comedor donde me recuesto, atravieso la pista, paso al Sofá blanco en el que está sentada, no le digo nada mientras extiendo mi mano. La atrapa y me sigue hacía el centro. Le sonrío. El piano se distingue entre los demás instrumentos. Empezamos a bailar. Ella sabe lo que hace. Cuando baja el ritmo me le acerco y le respiro cerca a la mejilla, le pregunto bajito si va bonita su vida y ella me dice que va mejorando. Se acaba la canción. Nos retiramos mientras tenemos una charla insulsa. Sigo sin creer en una oportunidad. Mientras hablamos me ofrece un par de plones con sus amigos, me llevo a un parcero y lo pegamos fuera de la casa. Al volver está sonando un reggaetón. Me le acerco y no alcanzo a estar frente a ella cuando ya está de pie acercándose a mí. Me la llevo a la pista y rodeo su cintura con mis manos, ella pone sus codos en mi cuello y empeza a mover su cadera suavecito formando pequeños infinitos sobre su eje. Me elevo. Acerca su cuerpo, siento sus senos en mi pecho y a nuestras caderas danzantes moviéndose hacia adentro y hacia afuera en un vaivén abstrayente mientras se me cierran los ojos y ahora somos el suave el bit de la canción y nos movemos suavecito, suavecito, suavecito su frente roza la mía y entre nuestros cabellos hay muchos ojos deseosos, siento a su espalda lisa y velluda dejando de ser espalda y ahora pinto con mis pinceles ese lienzo grande que no quisiera dejar de pintar.
El reggaetón se acaba. Nos sentamos en el sofá blanco. Me sorprendo al sentir como se reanuda el murmullo de las personas, como si gracias a un chasquido se le permitiera a mis oídos volver a captar algo que no fuera ella. Ahora hablamos superficialmente y yo solo quiero que suene otra canción así.