Alguien con los dedos sobre un lápiz o sobre unas teclas escribía acerca de María, y dirigía las acciones y las ideas de ésta como si fuese el personaje de una de sus historias. María entonces estaba enloqueciendo, deliberando maníaca los motivos de sus actos y las consecuencias, y examinaba su voluntad. Esta persona escribía de ella en la Plaza de Mayo usando un abrigo como si fuese invierno, describiendo su personalidad tal que no le importase usar un abrigo un día de mayo. La describía impredecible tal y como era, pero entonces ella quería ser algo más. María, para el escritor, era algo así como la niña de los ojos de alguien, cuya voluntad podría ponerse en duda y entonces cumpliría rauda cualquier fantasía. No era en realidad una niña, lo era lo suficiente como para que atrajese estéticamente sin que esto le implicase problemas, y tuviese un aire ingenuo sin dejar lo ladino y pícaro. María renegaba de su destino, era una chica inteligente aún cuando sus profesores dijesen lo contrario, y no pretendía ser tan sólo el personaje de alguna historia absurda de alguna muy desenganchada persona de la realidad. Quien escribía disfrutaba de publicar sus descubrimientos de ella y de todo lo que ella emanaba en una página web de nombre ridículo, a la que sólo él visitaba, y quizá uno que otro desafortunado. Quien escribía era un hombre; quién más que uno estaría tan enfermo de idealización por alguien como María, alguien con ovarios; él nunca lo escribió así, pero es claro que así era. Él nunca hubiese escrito tanto sobre un hombre alrededor de los veinte, mucho menos si este se llamase Ferdinand, y viviese en Holstein con su tía, eso no tiene nada de fetiche. La pintaba inmadura, no como una fruta, sino más bien como una de esas chicas precipitadas y boconas que haría cualquier tontería escudándose tras la consigna de que la vida no valía nada. Aquí todo es proyección mein Freund, este tipo lo puso así pues siempre quiso pensar tal cual.
Para María la vida no era así, no pensaba de esa manera, y era sustancialmente interesante saber que ella, de hecho, pensaba. ¿Por qué más enloquecería al notar que una persona cualquiera dirigía sus pensamientos? Si hubiese alguien ahí que estuviese pensando por ti, evidentemente no lo notarías, pero de hacerlo, sin lugar a dudas enloquecerías, y te parecería entonces de muy mal gusto que alguien te dijese enfermo paranoico esquizofrénico; no sólo los niños pueden ser muy crueles. María, de hecho, era especial, no porque lo hubiese escrito así el escritor, sino porque pensaba. María pensaba, de hecho, porque el escritor así lo había escrito. Si hubiese alguien ahí que estuviese pensando por ti, evidentemente no lo notarías -déjà vu-, pero si ese alguien te hiciese pensar que ese alguien está pensando por ti, tendrías que notarlo, si no tuvieses el cerebro asado para entonces. María de hecho pensaba y estaba enloqueciendo exacerbada por la resolución de una única cosa, su voluntad. La noche que narra la publicación de junio, María conoció a un hombre que, siendo honestos, todo es proyección, no era cualquier persona. Ella hubiese podido odiarlo siendo explícito para ella el reggaeton, la marihuana y la fiesta como letras en una historia escritas por él. Lo miró, lo tocó y le habló; lo amó entonces y pudo odiarlo después, segundos después del último punto, pero no lo hizo. Ella fumó con él, bailó con él pegada a su cuerpo como una calcomanía, entregada al beat como si lo estuviese también a un aquelarre lasciva, diabólica y contenta. María estaba en su punto y cuando la cocción terminó estaba hecha. Ella pudo odiarlo entonces, pero no estaba segura si eso era lo que quería. Fue ese el momento en que su voluntad tuvo un enorme parecido con un capricho del tamaño de júpiter.