Disculpe usted,
ilustre señorita, pero es mi deber informarle, sólo por respeto a los derechos
humanos y la calidad de vida de las gentes, que un hombre se desvanece cada vez que
la ve sonreír. Docenas sufren de una creciente impotencia al oírla cantar y ni
decir del infortunio de los futuros infelices que alcanzan a encontrarse con sus ojos
almendrados. Es una pena, realmente es una pena que esa "inocencia" suya cautive
y encloquezca a tantos desdichados y, es mayor pena aún que yo esté entre
ellos. Porque sí, cada vez que se le ve sonreír, que se le oye cantar, que uno se cruza en el camino de sus ojos almendrados, se vuelve incuestionable el hecho de amarla.
¿Por qué lo facilita tanto? Si usted se deja amar pero no ama.
domingo, 27 de abril de 2014
viernes, 25 de abril de 2014
Juan Las Tierras y la Danza de las Manos
Hola, mi nombre es Juan, Juan Las Tierras, y les vengo a contar la historia de dos de mis más preciadas amigas y su aventura: Una de ellas se llama Derecha, la otra se llama Izquierda, son buenas amigas, trabajan muy bien en equipo y les gusta estar juntas, pero no necesitan estarlo. Se juntan para pensar, para jugar y descansar. Son algo tímidas con los demás, pero a pesar de ello se pueden tomar confianza y ser muy amigables, por ésto ellas tienen muchos amigos, algunos con quienes comparten más que con otros, pero en general prefieren estar juntas y solas. Se les suele prestar mucha atención en las conversaciones, pero generalmente pasan desapercibidas como los demás, ésto ¡Claro! hasta que descubren su peculiar y asombrosa suavidad.
Las dos son muy similares y comparten su gran particularidad, aunque cada una tiene un punto en el que se pierde su suavidad: Izquierda en la yema de su dedo indice a causa de la música y Derecha bajo su dedo anular debido a su gusto por el viaje.
En una ocasión Izquierda sintió algo de envidia de Derecha, pues ella suele salir sola algunas veces, así que decidió conocer a alguien nuevo en frente de ella para generarle celos. Pasó Izquierda un buen tiempo sin decir nada con respecto a su idea, esperando el momento apropiado para llevarla acabo. El día por fin llegó cuando ellas, tanto Derecha como Izquierda, conocieron un grupo de amigas nuevas, y entre ellas hubo una con quién Izquierda se empezó a llevar muy bien, así que decidió llevar a cabo lo que deseaba justo en ese momento y suavemente, tal y como lo indicaba su naturaleza física, se acercó a Ella e inició un leve contacto que poco a poco fue evolucionando hasta volverse un viaje tentador del tacto, y en una maniobra habilidosa de Izquierda, todo se detuvo en una posición estética en la cual las yemas de Izquierda y de Ella se tocaban mutuamente en un lazo de sospecha. Fue entonces cuando Derecha se percató de lo que ocurría, y con el estar a la expectativa como único estado posible, sintió cómo el tiempo se ralentizaba y todo decidía permanecer en el estado en el que era atrapado por la vista de ella, entonces vio muy lentamente que Ella decidía separarse un poco de Izquierda lo cual la calmó un poco, pero entonces todo cambió y Ella se acercó nuevamente a Izquierda y sus dedos se entrecruzaron en un abrazo que emanó calor. Todo volvió luego a su velocidad normal, quizá acelerada, y las manos seguían juntas bañadas en proximidad, contacto, intimidad y magnetismo, y por éste último Derecha se vio atraída, con trasfondo de celos que entre más cerca al abrazo menos fuerza tenía, hasta el punto en que pudo tocarles, Izquierda y Ella se sorprendieron un poco con su llegada pero le aceptaron en su pasión, y así comenzó una danza entre las tres que poco a poco fue acercando a las demás amigas que conocieron ese día, hasta que hubo un momento en que ya no se podía distinguir una de la otra, pues del grupo se veía salir y entrar manos, fusionarse y quemar entre ellas, y perder toda propiedad de sus cuerpos.
Así fue como perdí mis valiosas amigas, como decidieron dejarme al encontrar la absorción del tacto, y justo por eso no les guardo rencor alguno y les sigo apreciando, porque su ausencia ha hecho de mí un mejor Juan Las Tierras.
jueves, 3 de abril de 2014
La réplica
En la mitad de la habitación hay una silla; un hombre está
preso en ella. Las luces titilan por la extensión completa del corredor.
¿Escogimos nosotros este sitio o fue él el que nos escogió a nosotros? Imagino al
hombre temblando con enjundia, gritando de dolor, pidiendo parar todo hasta que
ya no respondiera. No escogimos este lugar por sus fallas eléctricas; el olor a
carne quemada y el humo seguirían aquí cuando el hombre ya no estuviese. Las paredes
gibosas de los años insinúan torturas, nos susurran a los oídos barbaridades, como
si fuese aquí dónde Milgram hubiese vislumbrado el peor de sus experimentos.
Todo complementa a la perfección para una apología al desquicio.
Delatan los orificios su deterioro y su tan bajo costo de arriendo.
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