Los vio hablando; Mike con Andrew, Andrew con Karla, Karla
con Mike, todos haciendo la fila. Ella tenía amigos como miedos tiene una niña.
No le contaba cosas a cualquier persona, y siempre tenía esa recurrencia a
temas salidos de alguna crisis antropológica. Los miraba y decía lo mucho que
todo le molestaba; ella usaba un abrigo blanco, esos a los que el polvo se les
nota. Lo había visto, les dijo, no lo llamaría, pensaba minutos antes que
abandonara la fila, tras mucho quejarse.
Llegó tarde, cuando todos habían ya emigrado. Los buscó en
la multitud queriendo verlos hablando con desconocidos, abrazando madres,
besando hijos, haciendo algo que viese para encontrarlos. Se quedó quieta, anclada al puesto en el que
habían estado sus compañeros como si pensase que cuanto más cerca de ellos más
fácilmente los vería. Pero nada pasó; vino la lluvia y se fue la gente. Ella
esperó parada con sus ojos sobre el norte, con sus anteojos empapados con los
que esperaba verlos. Esperaba hallarlos en la distancia en cualquier momento,
para pensar que al fin la espera había cesado, pero nunca cesó. La lluvia no
paró sino hasta la mañana siguiente.