jueves, 23 de octubre de 2014

Andrés

Andrés tenía su nombre grabado en el rostro. Lo tenía escrito con tinta imborrable. Marcado de por vida a llevar con sigo su presencia, lo llamabas, y allí estaba, esa cara repleta de Andrés, muestra representativa de la población de Andreses. Convergían, como un caldo de células alrededor de una cuchara, todos, en su cara, cada vez que decías su nombre. Una vez lo llamé por su nombre, y casi muero de sobresalto. Era calumnioso que yo apuntara, siendo sólo un hombre, con tanta veracidad un hecho a priori, pues es que Andrés llevaba en el rostro su esencia. Llevaba su vida, todo lo que era, todo lo que había sido y todo lo que sería. Llevaba la historia de todos los demás que existirían rotulados con su nombre; todo lo que serían y todo lo que eran; aquellos eran Andrés, y Andrés era ellos, cada uno de ellos, todos, y cada uno de ellos. Andrés reverdecía cada vez que lo llamabas, era él, el inicio de su nombre y el fin, el dueño de la categoría, la excepción a la regla. Un hombre que llevaba puesto el rostro de un legado.