María hacía que pararan y le decía en medio de la nada que era innecesaria la tensión provocada por no saber cuando es preciso el besarse, pero entonces, ella misma siendo otra, se hacía a sólo un milímetro de su mejilla y esperaba que entonces la misma tensión le arrancase a él un ruido que lo hiciese suya; sin embargo, ella entendía que él llegaba a su vida de ninguna manera porque aquello fuese coincidencia, pero también, que este tipo se quedaría con ella toda vez que echara su vida al parabrisas de un auto en movimiento y entonces lo amarrase con culpa. Él le reprochaba la incoherencia, pero ella le decía que no le podía refutar el querer ser funcional, porque era que le había costado serlo; que no fuera idiota le decía, y que si no podía dejar de serlo… “…no sabría entonces qué decir; si eso la hacía una simple tonta, o una maldita romántica, porque es que era la idiotez la que los unía como si ésta ejerciese su propia gravedad” hubiese dicho de haberlo tenido claro, pero claro, no lo tenía.