Disculpe usted,
ilustre señorita, pero es mi deber informarle, sólo por respeto a los derechos
humanos y la calidad de vida de las gentes, que un hombre se desvanece cada vez que
la ve sonreír. Docenas sufren de una creciente impotencia al oírla cantar y ni
decir del infortunio de los futuros infelices que alcanzan a encontrarse con sus ojos
almendrados. Es una pena, realmente es una pena que esa "inocencia" suya cautive
y encloquezca a tantos desdichados y, es mayor pena aún que yo esté entre
ellos. Porque sí, cada vez que se le ve sonreír, que se le oye cantar, que uno se cruza en el camino de sus ojos almendrados, se vuelve incuestionable el hecho de amarla.
¿Por qué lo facilita tanto? Si usted se deja amar pero no ama.