Un día de cielo despejado y soleado, como de costumbre, yo, con ganas de humo de cigarro, iba caminando junto al río Seine, admirando el rebote de la luz en el paisaje, cuando, de repente, me percaté que en la orilla del río había una flor que nunca antes había visto: una flor baja, de tallo delgado, pétalos rojos y grandes que se inclinaban hasta casi tocar el suelo, y un centro con vellos blancos bañado en polen amarillo; Luego de acercarme y verla por un rato, corrí y le conté a Mariene acerca de mi descubrimiento, la llevé al río tan pronto como pude y le mostré la flor, Mariene estaba sorprendida, tanto como yo lo estuve al descubrir la flor.
Seguí dando mis caminatas rutinarias de cigarrillo, pero ahora pensando en aquella flor, nadie más pensaba en ella, estaba sola. A veces trataba de no pensarla o encontrar alguna otra flor similar junto al río, pero nunca hallé otra, y esto me hacía pensar nuevamente que ella estaba sola, así que tenía que ir a visitarla. Yo era su única posible compañía, su única escapatoria de la soledad, eso era una señal: ser la única persona en haberse percatado de aquel bello y único espécimen, y desde ese momento estar condenado a ser su compañía; Me llamó la atención aquello, ¿acaso nadie más pasaba por ahí? ¿acaso nadie más había visto la flor?; Me obsesioné tanto con estas preguntas que decidí esperar que alguien más apareciera para verla, hasta el punto de estar casi todo el día, todos los días, esperando junto al
Seine.
A medida que pasaba el tiempo, que corría el agua y se consumían los cigarrillos, iba perdiendo las esperanzas de que alguien más paseara junto al Seine y llegara a ver la flor, hasta que una tarde, por fin, toda mi espera tuvo un sentido, pues alguien se acercaba, una silueta negra con un borde dorado de sol, su cintura y su cabello delataban que era una mujer, poco a poco se acercaba revelando su ropa: unas sandalias, falda azul larga hasta abajo de las rodillas, camisa blanca de tela delgada, vi la punta de sus cabellos acostadas en sus hombros, me encontraba impaciente por descubrir su rostro, hasta que finalmente la luz quiso dar paso a él, descubriendo aquella mujer que yo vi por última vez algunos años atrás, descubriendo a Mariene, y ella descubriéndome a mí con la misma sorpresa con la que un día yo descubrí esta flor.