Allí estaba él, en la cocina; con un bol en sus manos y
culos en sus visiones. Fiel a la espera de una respuesta que lo sacase del
trance. Terminando la cocina, atravesando la sala estaba la habitación donde
aguardaban como un gato por su comida dos chicas. No sabía que iba a pasar
apenas llegase, no parecía haber ánimos de que quisiera averiguarlo. Unas
galletas y una lata de salchichas serían suficientes, pensó, acomodarlas en el
bol limpio sería el primer paso, apagar la luz tras abandonar el sitio sería el
segundo. Titubeó. Contempló el bol vacío; le pareció ridícula la facilidad con
la que todo empezaría. Suspiró. Atravesaría la sala y quedaría de pie atónito
bajo el marco de la puerta de su habitación. Era lo impredecible del asunto lo
que le volvía acuosa la sangre. Era el marco de la puerta, todo, desprendiendo
su luz por la sala oscura, el cuarto paso y el final. Tomó aire con motivo de
bajar su adrenalina. Echó su vista a la habitación. Respiró. Dio el primer
paso; toc. Dio el segundo; toc. Dio el tercero; toc, toc, toc. Se abalanzó bajo
el marco de la puerta viendo al interior de su habitación. En ese segundo se
resumió toda la emoción y la tragedia del mundo. Estando de pie bajo el marco
de la puerta vio a aquellas dos chicas, ambas frente al ordenador. En la
pantalla parpadeaba una pequeña línea después de un aglomerado de letras. En la
fuente más grande las últimas palabras eran: “…serás el siguiente”. Quedó atónito.