En la mitad de la habitación hay una silla; un hombre está
preso en ella. Las luces titilan por la extensión completa del corredor.
¿Escogimos nosotros este sitio o fue él el que nos escogió a nosotros? Imagino al
hombre temblando con enjundia, gritando de dolor, pidiendo parar todo hasta que
ya no respondiera. No escogimos este lugar por sus fallas eléctricas; el olor a
carne quemada y el humo seguirían aquí cuando el hombre ya no estuviese. Las paredes
gibosas de los años insinúan torturas, nos susurran a los oídos barbaridades, como
si fuese aquí dónde Milgram hubiese vislumbrado el peor de sus experimentos.
Todo complementa a la perfección para una apología al desquicio.
Delatan los orificios su deterioro y su tan bajo costo de arriendo.