jueves, 3 de abril de 2014

La réplica

En la mitad de la habitación hay una silla; un hombre está preso en ella. Las luces titilan por la extensión completa del corredor. ¿Escogimos nosotros este sitio o fue él el que nos escogió a nosotros? Imagino al hombre temblando con enjundia, gritando de dolor, pidiendo parar todo hasta que ya no respondiera. No escogimos este lugar por sus fallas eléctricas; el olor a carne quemada y el humo seguirían aquí cuando el hombre ya no estuviese. Las paredes gibosas de los años insinúan torturas, nos susurran a los oídos barbaridades, como si fuese aquí dónde Milgram hubiese vislumbrado el peor de sus experimentos. Todo complementa a la perfección para una apología al desquicio. Delatan los orificios su deterioro y su tan bajo costo de arriendo.