Cuando Mikel comprendió la competición de la que él era el premio mayor, no sonrió. Las cosas no estaban pasando cómo él hubiese imaginado; el trabajo lucía ahora como una excusa más que como otra cosa. ¿Qué podía hacer Mikel a estas alturas de los acontecimientos? ¿Huir? Quería salir de allí como el corcho de una botella de champagne haciendo ¡pap!, disparado con urgencia hacia cualquier lugar de la oscura noche. Chamberrí comprendía las calles más oscuras de Nueva Madrid. ¿Qué iba hacer un hombre por esas calles a estas horas? Seguramente encontrar un bar y desde allí llamar, pedir disculpas y esperar que todo saliera bien. Tal vez las cosas hubieran salido de acuerdo al plan, pero aquella chica ya le había hecho una pregunta:
– ¿Dónde queda el baño?
No había habido respuesta; Mikel había estado absorto, como en un episodio de lag de prolongación infinita, sumergido en pensamientos que desembocaban siempre en lo mismo. La chica volvió a hacer una pregunta, en ese instante Mikel abandonó ese bucle interminable, aterrizando de bruces a lo que era ahora la realidad.
–Te había preguntado dónde quedaba el baño –Mikel comprendió que se estaba perdiendo en sí mismo. Tenía que hacer algo.
Respondió:
–Si, sólo estoy jugando contigo. El baño queda en la sala; la puerta a la derecha. –Esto último en tono sereno, casi paternal y muy seguro.
La chica lo miró, segura de lo iba pasar a su regreso, y abandonó la habitación.