domingo, 11 de octubre de 2015

¿Recuerdas?

Aún hoy no te cansas de correr sola, de dejarme ahí con tus cosas mientras espero que tu arranque de aire se extinga, siempre regresas cansada y te tiendes a abrazarme, como ese día que dimos vueltas en el pasto y que nos pasó muy de cerca un tipo con una cicla muy parecida a la que llevabas tú hace un par de semanas, ese día en el que peleamos y me dijiste que nunca habías deseado tanto no conocerme. ¿Recuerdas? Ahí fue cuando partiste con tu bici azul, con tus ojos llorosos y la imagen completa de la mujer más bella y triste que alguna vez vi. Te detuviste en la esquina de esa cuadra, te devolviste y me puteaste, me dijiste que el olvido era una ficción y que nunca me olvidarías; que lo que si podías hacer era ensangrentar nuestros momentos: esa noche en aquel parque en donde te bese la frente cuando te dedique ese cuento tonto que escribí, me dijiste que ahora en tu cabeza ya no te besaba la frente, que no te regalaba ningún cuento, que te veías esperándome en una banca solitaria y que al rato te ibas caminando sola, tratando de odiarme, y que luego me encontrabas riendo con una chica cualquiera; ese otro día, en el que que te susurraba y que despertabas con una gran sonrisa al oírme decir que detrás de esos párpados apagados una ninfa danza sobre el agua, se eleva entre espirales multicolor, y desde allí me mira y me dice que me ama, me dijiste... me escupiste que ese día yo ya no te despertaba recitando, que lo hacía gritando, tirando los zapatos por tu ventana, gritandote puta, sacandote a empujones y arrodillandome a llorar. Dejaste de hablar, terminaste volviendote a montar en tu pequeña bici azul, mirándome antes de partir con ese gran puchero que tantas veces atrás me invitaba solo a amar. Te alejabas y tu nombre no quería salir de mi garganta amarrada, me volví endeble y sentí lo que debió sentir ese hombre que en tus recuerdos te puteaba y se ponía a llorar. 

Ahora recuerdo sonriendo aquella pelea y me pregunto por qué estás tan loca y cómo fue a pesar de eso, o gracias a eso, que nos enamoramos. ¿Alguna vez te conté que solía escribirte largas noches cuando todavía no te conocía, cuando solo te intuía? Sabía que te parecías a mí y que también me amabas y que querías crecer como yo, sanarte como yo, labrando un camino de amor adornado por flores de armonía, saliendo todas las mañanas a reír por la roca en el suelo que al patearla se convierte en un cohete de hormigas que nos maldice desde su pequeña nave. No olvido que cuando te encontré me di cuenta de que te parecías tanto a esa niñita que imaginaba. Yo sabía que llegarías y que nos amaríamos como no me imagine a los 13 que se podía amar, como no habíamos imaginado tu allá, seguramente durmiendo, soñando con un mono espacial que planea la invasión a Plutón, o soñando que vuelas junto a nubes verdes y que el pasto es azul, y que solo con un parpadeo intencionado todos se amarán, tú, soñando, mientras yo dedicadamente te pensaba, te sentía, te amaba. Luego me contaste que tal vez uno de esos días en que yo te imaginaba, te despertaste y saliste a caminar mientras andabas pensando en la vida que te quedaba por construir, ese día al entrar a tu universidad, te perdiste un rato mientras observabas esa nube que parecía una tortuga que ríe, y que anduviste sonriendo al recordar que a los trece no pensabas encontrar tortugas que reían en un mundo donde soñar duele. Me dijiste que seguiste el camino al edificio de sociología donde tenías tu clase y que subiste las escaleras hacía el segundo piso y que te cruzaste con un hombre que te miro a los ojos y que te sentiste extraña, y pensaste que este hombre creyó reconocerte de algún lado, se le notó las ganas de acercarse pero que lo llamaron de lejos, ahí volteó y tu te fuiste. ¿Recuerdas?, te lo encontraste de nuevo en ese recital de talentos jóvenes, ¿recuerdas que te habló cuando se te cayó el afiche de ese festival de danza al que tampoco él pudo entrar? y que rieron extrañados de que la opción para los dos fue caminar hacia la biblioteca Luis Ángel Arango sin saber muy bien que iba pasar allá y que por azar terminarían en aquel recital cuando pudieron haber girado hacia al chorro, o irse cada quien a su casa a ver la tele y comer pan, pero que no, que ese día se habían topado y que justo cuando él iba saliendo se te cae a sus pies el volantico de ese festival, que no es coincidencia dijiste tú, ¿te acuerdas?, ahí yo sonreí y te dije que tampoco lo eran las ganas mutuas de tomarse un café. Tú me sonreíste y caminaste delante de mí, sin palabras, solo mirando hacia atrás de reojo para percatarte que te seguía. Al salir de la biblioteca caminamos hacía la nada y me pediste que nos detuvieramos, te acordaste de una escena de una película y me dijiste que desde que la viste supiste que era innecesaria la tensión generada por no saber cuando es preciso darse besos, tú no querías esperar el momento adecuado, decías que no existen tales cosas como los momentos perfectos, y tú qué te me estiras y yo que te abrazo y te digo que solo le daba besos a quien al abrazarme me entrara en el cuerpo y me acariciara el espíritu. Me preguntaste al alzar tu rostro si lo habías logrado, yo te respondí con un recorrido nervioso de mi mejilla hacia tu boca, hasta que éstas se encontraron y espere el beso tierno que tus ojos sugerían pero me encontré con tu lengua inquieta y curiosa y me gustó eso que hacías, cerré los ojos como si fuera mi primer beso y mi lengua jugó y exploró hasta encontrar tu espíritu. Nos soltamos nuestros húmedos labios y seguimos caminando, me cogiste la mano cuando sentiste a una moto acercarse y te recogiste y luego me abrazaste, yo sonriendo te dije miedosa, y me hiciste el primer puchero de nuestra vida juntos y cometí el error de confesar que tras un puchero mi alma se suavizaba y mis resistencias a amar se quebraban como un vidrio en caída libre. Ah, te amé tanto esa misma noche. No tanto como te amo hoy cuando te escribo esta carta. Deseo mañana entregártela y decirte que sin conocerte ya te amaba porque estaba empezando a amarme a mí, y sabía desde ya que nos parecíamos, que nos amaríamos y nos ayudaríamos a fortalecer. Te amo, mujer, te amaba incluso cuando no sabía tu nombre ni el color de tu voz, te amaba por que ya te había abrazado, porque ya me habías regalado ese libro favorito que todavía no encontraba y porque desde ese día que leí a Ospina supe que “En mis labios ya están, invisibles, tus labios”. 

Con deseo, F.

viernes, 10 de julio de 2015

María estaba enloqueciendo

Alguien con los dedos sobre un lápiz o sobre unas teclas escribía acerca de María, y dirigía las acciones y las ideas de ésta como si fuese el personaje de una de sus historias. María entonces estaba enloqueciendo, deliberando maníaca los motivos de sus actos y las consecuencias, y examinaba su voluntad. Esta persona escribía de ella en la Plaza de Mayo usando un abrigo como si fuese invierno, describiendo su personalidad tal que no le importase usar un abrigo un día de mayo. La describía impredecible tal y como era, pero entonces ella quería ser algo más. María, para el escritor, era algo así como la niña de los ojos de alguien, cuya voluntad podría ponerse en duda y entonces cumpliría rauda cualquier fantasía. No era en realidad una niña, lo era lo suficiente como para que atrajese estéticamente sin que esto le implicase problemas, y tuviese un aire ingenuo sin dejar lo ladino y pícaro. María renegaba de su destino, era una chica inteligente aún cuando sus profesores dijesen lo contrario, y no pretendía ser tan sólo el personaje de alguna historia absurda de alguna muy desenganchada persona de la realidad. Quien escribía disfrutaba de publicar sus descubrimientos de ella y de todo lo que ella emanaba en una página web de nombre ridículo, a la que sólo él visitaba, y quizá uno que otro desafortunado. Quien escribía era un hombre; quién más que uno estaría tan enfermo de idealización por alguien como María, alguien con ovarios; él nunca lo escribió así, pero es claro que así era. Él nunca hubiese escrito tanto sobre un hombre alrededor de los veinte, mucho menos si este se llamase Ferdinand, y viviese en Holstein con su tía, eso no tiene nada de fetiche. La pintaba inmadura, no como una fruta, sino más bien como una de esas chicas precipitadas y boconas que haría cualquier tontería escudándose tras la consigna de que la vida no valía nada. Aquí todo es proyección mein Freund, este tipo lo puso así pues siempre quiso pensar tal cual. 

Para María la vida no era así, no pensaba de esa manera, y era sustancialmente interesante saber que ella, de hecho, pensaba. ¿Por qué más enloquecería al notar que una persona cualquiera dirigía sus pensamientos? Si hubiese alguien ahí que estuviese pensando por ti, evidentemente no lo notarías, pero de hacerlo, sin lugar a dudas enloquecerías, y te parecería entonces de muy mal gusto que alguien te dijese enfermo paranoico esquizofrénico; no sólo los niños pueden ser muy crueles. María, de hecho, era especial, no porque lo hubiese escrito así el escritor, sino porque pensaba. María pensaba, de hecho, porque el escritor así lo había escrito. Si hubiese alguien ahí que estuviese pensando por ti, evidentemente no lo notarías -déjà vu-, pero si ese alguien te hiciese pensar que ese alguien está pensando por ti, tendrías que notarlo, si no tuvieses el cerebro asado para entonces. María de hecho pensaba y estaba enloqueciendo exacerbada por la resolución de una única cosa, su voluntad. La noche que narra la publicación de junio, María conoció a un hombre que, siendo honestos, todo es proyección, no era cualquier persona. Ella hubiese podido odiarlo siendo explícito para ella el reggaeton, la marihuana y la fiesta como letras en una historia escritas por él. Lo miró, lo tocó y le habló; lo amó entonces y pudo odiarlo después, segundos después del último punto, pero no lo hizo. Ella fumó con él, bailó con él pegada a su cuerpo como una calcomanía, entregada al beat como si lo estuviese también a un aquelarre lasciva, diabólica y contenta. María estaba en su punto y cuando la cocción terminó estaba hecha. Ella pudo odiarlo entonces, pero no estaba segura si eso era lo que quería. Fue ese el momento en que su voluntad tuvo un enorme parecido con un capricho del tamaño de júpiter.

sábado, 27 de junio de 2015

Conocí a María

Bailo salsa en compañía de una chica que sabe hacerlo. Ella no me interesa; la mujer de pelo rojo que nos mira de lejos, sí. Termina la canción, la he disfrutado y se notó. La anfitriona me presenta a sus compañeros de teatro. Miro de reojo a la pelirroja. Ella se me acerca, me rosa la muñeca y me mira mientras dice: “la próxima salsa la bailamos”. Le sonrío. Me deja.

Nos encontramos en la casa de una bonita mujer. Bonita por eso que la gente llama alma e imaginación. Está cumpliendo 21 años y reunió a sus más cercanos en la casa de sus papás. La fiesta promete. Me confieso algo de inseguridad, no creo lograr nada con la pelirroja así que me acerco a otras sin encontrar nada especial. Oigo sonido bestial y siento una invitación de esa desborda intuición que raras veces me visita. La acepto y dejo el comedor donde me recuesto, atravieso la pista, paso al Sofá blanco en el que está sentada, no le digo nada mientras extiendo mi mano. La atrapa y me sigue hacía el centro. Le sonrío. El piano se distingue entre los demás instrumentos. Empezamos a bailar. Ella sabe lo que hace. Cuando baja el ritmo me le acerco y le respiro cerca a la mejilla, le pregunto bajito si va bonita su vida y ella me dice que va mejorando. Se acaba la canción. Nos retiramos mientras tenemos una charla insulsa. Sigo sin creer en una oportunidad. Mientras hablamos me ofrece un par de plones con sus amigos, me llevo a un parcero y lo pegamos fuera de la casa. Al volver está sonando un reggaetón. Me le acerco y no alcanzo a estar frente a ella cuando ya está de pie acercándose a mí. Me la llevo a la pista y rodeo su cintura con mis manos, ella pone sus codos en mi cuello y empeza a mover su cadera suavecito formando pequeños infinitos sobre su eje. Me elevo. Acerca su cuerpo, siento sus senos en mi pecho y a nuestras caderas danzantes moviéndose hacia adentro y hacia afuera en un vaivén abstrayente mientras se me cierran los ojos y ahora somos el suave el bit de la canción y nos movemos suavecito, suavecito, suavecito su frente roza la mía y entre nuestros cabellos hay muchos ojos deseosos, siento a su espalda lisa y velluda dejando de ser espalda y ahora pinto con mis pinceles ese lienzo grande que no quisiera dejar de pintar. 

El reggaetón se acaba. Nos sentamos en el sofá blanco. Me sorprendo al sentir como se reanuda el murmullo de las personas, como si gracias a un chasquido se le permitiera a mis oídos volver a captar algo que no fuera ella. Ahora hablamos superficialmente y yo solo quiero que suene otra canción así.

lunes, 1 de junio de 2015

Amarrados y desamarrados

Y cuando desperté, cuando volví a mí, tomé el rol de espectador, debía ver con mis ojos aquello que mi cuerpo estaba sintiendo y haciendo por cuenta propia. Mi pierna estaba amarrada a la suya; con movimientos simultáneos y paralelos las piernas fueron adelante y luego al lado para soltar el amarre, los cuerpos volvían a posicionarse frente a frente, y entonces noté que ella seguía dormida, todos sus movimientos eran reflejos de los míos, pero los míos eran reflejos de los suyos. En realidad no había despertado, lo había hecho, pero no; permanecía en el mismo estado que ella, perdido en mí mismo, pero hablándole, perdido en ella y escuchando cuando me hablaba. Y entonces desde fuera eramos belleza durmiente, juntos, amarrados y desamarrados.

domingo, 3 de mayo de 2015

Carro Pedo Herpes Policéfalo

Llegaba tarde, no podía creer que ocurriera, él que se caracterizaba por no hacer esperar a nadie, pero fue inevitable, ese trancón inesperado que pareció eterno, además, el carro empezó a tener problemas de carburación, cada que sonaba el exosto no podía dejar de pensar en un pedo de gigante, aunque ya no podía pensar en ello, debía entrar al hospital rápido, el doctor lo esperaba con los resultados, y él no hacía esperar a nadie.

20 minutos después el mismo hombre salió del hospital, pero ya no corría, ahora iba despacio y con la cara caída, lo había confirmado: tenía herpes, se sentía indigno, sucio, convertido en un bicho policéfalo que debía ser aplastado, entonces subió al auto cargando la tristeza en sus hombros y, después de un pedo de gigante, arrancó sin rumbo fijo.

domingo, 1 de marzo de 2015

Tacto

Ya conocía el secreto metodico para exaltarla. Ella, como yo, había descubierto las inusitadas posibilidades del tacto.

Todo confluyó para que dos investigadores de la piel se encontrarán en un roce de manos. Sabía yo que allí, era cuestión de conocer el baile, dominar el ritmo y engañarla, para que sin mas se encontrará ya untada por el deseo y la insinuación. Ella se me adelanto, el dorso de sus manos subieron por entre las ramas de mi tronco, se adueñaron de la parte anterior al codo y en un grio de manos despacioso las tenía puestas a los lados del mentón. La acerqué sin fuerza, sabía la utilidad de la presión de yemas. Del rasguño pertinente. Del poder del ritmo en la espalda. Ella no se aquietaba; mientras yo develaba el efecto de mis pinceladas en sus ojos, ella adelantaba el ataque al rostro sin paradas ruidosas. Su mejilla, la acercó a 1 mm de la mía e hizo lo propio... deje escapar un ruidito que puso el marcador a su favor. 

Pocos conocen el poder potenciador de la postegarción y el arte que supone saber precisa la culminación. Ella lo conocía.

jueves, 19 de febrero de 2015

Ahorcame

-Ahorcame -le dijo.
Sonriendo:
-No podría matarte luego -le dijo- aún no te conozco -Harold Tonhsa.
-Pero yo te conozco, chico -él debía tener unos 30 años- ¿No eres tú el chico éste de la fiesta? -siendo mayor que ella.
-¿Yo? -le preguntó a ella- pero si yo no he estado en ninguna fiesta -muy seguro.
-Si, mi hermano te anda buscando -de seguro sosteniendo un cuchillo-, quiere hacerte daño -la cara de Tatiana se llenó de sombras.
-¿Y dónde está tu hermano? -le preguntó bromeando.
-En la habitación, viendo a través del recuadro
-¿Ves esta botella? -mientras la sostenía- es para romperle el cráneo a tu hermano -le dijo bromeando.
Tatiana asintió.
-Hazlo -le dijo aliviada.

El hermano de Tatiana le daba la espalda a la puerta cuando Tonhsa llegaba. No hacía ruido alguno en ningún momento, Tonhsa tampoco hizo ruido, aun sus pasos no fuesen despacio. Entonces lo vio, contemplando la noche reflejada en la laguna, y lo hizo; vidrio grueso estrellado contra cabellera. El hermano cayó como una montaña de naipes.

-Listo -dijo Tonhsa.
Tatiana disintió. Harold esperó a que su aliento se recuperara.
-¿Y de qué vienes disfrazada? por cierto -le preguntó.
Tatiana lo miró.
-De culpa -dijo ella-, de culpa entera

Sentado a la mesa...

Sentado a la mesa de algún restaurant se le ocurrió la maravillosa idea de matarlos a todos del susto. La mujer sentada al frente que hablaba con su mayor -ella era él sentado a esa mesa, era él preguntando por salarios-, el hombre que le llevaría al menos diez años a ella, y las cortinas azules de la pizarra, le ponían la piel de gallina. Cuando nadie advirtiera, la niña con los ojos más endemoniadamente neutros saldría abriendo de par en par esas putas cortinas. ¿Corpúsculos tensos? La boca, la misma bajo esos ojos, se desplomaría hasta su pecho, grande, horrible, y esos ojos, esos sobre esa boca se pondrían negros, negros como el alma, como los de los caballos que corren contra la marea para morir ahogados, negros como agujeros. La mujer rió, pero gritaría -la mujer era él, ella gritando hasta el desmayo-, gritaría hasta que ya no fuese divertido, hasta que fuese serio, hasta que se agotaran sus ánimos de seguir gritando. Él sonrió.

martes, 17 de febrero de 2015

El día de ayer

Escapando de la catarsis empiezo el plano relato: almuerzo, me reúno con el grupo, hago algún apunte pareciendo interesado en lo que sea que se habla. Me alegro al ver a un par de parceros que me han jodido la vida, debo decirlo, pues era más sencillo cuando tenia principios fijos... hasta que llegaron estos hijueputas y con un par de viajes de ácido me los hicieron temblar. Que disciplina, que adrenalina, que moralina... que lo normativo, que lo cambiante, que lo importante, que lo alucinante... que la vida, que la honra, que los negros o blancos, que el conocimiento, que el aburrimiento... que rimas sin sentido y que qué mierda es esta mierda y que todo va a parar a la nada y que como otros hay que pensar que, ya que no somos almas inmortales, todo carece de sentido. Sonrío un rato al verlos, un par de chistes tontos y nos mentemos a un auditorio con poca luz.

Saudade

Saudade no es solamente emoción, ritual, o buen viaje. La esencia entera de Saudade no se deja abrazar del todo. Saber qué es Saudade es el logro de los que se transportan y no regresan.

Saudade en parte representa la danza alrededor del fuego, los aborígenes vanagloriándose de su pueblo, la atmósfera que surge de los cuerpos que chocan sudorosos y el sentimiento que emerge a ritmo de tambores, golpes al cuero animal, al roce de las rocas y a los gritos que cicatrizarán.

Las piernas al aire y los brazos que se agitan distendidos comunican el clamor de los cuerpos olvidados que inician el reclamo del trono. Los hombres y mujeres Chritzou blanquean los ojos en un divino momento, son receptáculos de los dioses del cuerpo. Las palabras carecen de sentido, se convierten en gemidos inútiles. La corporalidad se apodera del tiempo. Los cuerpos se unen lento, luego rápido, despacio otra vez, todo depende de la energía otorgada por los dioses del fuego. Abruptamente los nativos Chritzou son reclamados por el plano terrestre, la voz del gran líder los arraiga lento. Los que logran abrir los ojos, entristecen por el fallo, agradecen la oportunidad y esperan la siguiente ocasión.

Al finalizar la música, los hombres y mujeres se abrazan en círculo alrededor de quienes ya no están, de los que ahora se encuentran danzando con los dioses del cuerpo y el fuego, de los victoriosos que han entendido a Saudade.