Aún hoy no te cansas de correr sola, de dejarme ahí con tus cosas mientras espero que tu arranque de aire se extinga, siempre regresas cansada y te tiendes a abrazarme, como ese día que dimos vueltas en el pasto y que nos pasó muy de cerca un tipo con una cicla muy parecida a la que llevabas tú hace un par de semanas, ese día en el que peleamos y me dijiste que nunca habías deseado tanto no conocerme. ¿Recuerdas? Ahí fue cuando partiste con tu bici azul, con tus ojos llorosos y la imagen completa de la mujer más bella y triste que alguna vez vi. Te detuviste en la esquina de esa cuadra, te devolviste y me puteaste, me dijiste que el olvido era una ficción y que nunca me olvidarías; que lo que si podías hacer era ensangrentar nuestros momentos: esa noche en aquel parque en donde te bese la frente cuando te dedique ese cuento tonto que escribí, me dijiste que ahora en tu cabeza ya no te besaba la frente, que no te regalaba ningún cuento, que te veías esperándome en una banca solitaria y que al rato te ibas caminando sola, tratando de odiarme, y que luego me encontrabas riendo con una chica cualquiera; ese otro día, en el que que te susurraba y que despertabas con una gran sonrisa al oírme decir que detrás de esos párpados apagados una ninfa danza sobre el agua, se eleva entre espirales multicolor, y desde allí me mira y me dice que me ama, me dijiste... me escupiste que ese día yo ya no te despertaba recitando, que lo hacía gritando, tirando los zapatos por tu ventana, gritandote puta, sacandote a empujones y arrodillandome a llorar. Dejaste de hablar, terminaste volviendote a montar en tu pequeña bici azul, mirándome antes de partir con ese gran puchero que tantas veces atrás me invitaba solo a amar. Te alejabas y tu nombre no quería salir de mi garganta amarrada, me volví endeble y sentí lo que debió sentir ese hombre que en tus recuerdos te puteaba y se ponía a llorar.
Ahora recuerdo sonriendo aquella pelea y me pregunto por qué estás tan loca y cómo fue a pesar de eso, o gracias a eso, que nos enamoramos. ¿Alguna vez te conté que solía escribirte largas noches cuando todavía no te conocía, cuando solo te intuía? Sabía que te parecías a mí y que también me amabas y que querías crecer como yo, sanarte como yo, labrando un camino de amor adornado por flores de armonía, saliendo todas las mañanas a reír por la roca en el suelo que al patearla se convierte en un cohete de hormigas que nos maldice desde su pequeña nave. No olvido que cuando te encontré me di cuenta de que te parecías tanto a esa niñita que imaginaba. Yo sabía que llegarías y que nos amaríamos como no me imagine a los 13 que se podía amar, como no habíamos imaginado tu allá, seguramente durmiendo, soñando con un mono espacial que planea la invasión a Plutón, o soñando que vuelas junto a nubes verdes y que el pasto es azul, y que solo con un parpadeo intencionado todos se amarán, tú, soñando, mientras yo dedicadamente te pensaba, te sentía, te amaba. Luego me contaste que tal vez uno de esos días en que yo te imaginaba, te despertaste y saliste a caminar mientras andabas pensando en la vida que te quedaba por construir, ese día al entrar a tu universidad, te perdiste un rato mientras observabas esa nube que parecía una tortuga que ríe, y que anduviste sonriendo al recordar que a los trece no pensabas encontrar tortugas que reían en un mundo donde soñar duele. Me dijiste que seguiste el camino al edificio de sociología donde tenías tu clase y que subiste las escaleras hacía el segundo piso y que te cruzaste con un hombre que te miro a los ojos y que te sentiste extraña, y pensaste que este hombre creyó reconocerte de algún lado, se le notó las ganas de acercarse pero que lo llamaron de lejos, ahí volteó y tu te fuiste. ¿Recuerdas?, te lo encontraste de nuevo en ese recital de talentos jóvenes, ¿recuerdas que te habló cuando se te cayó el afiche de ese festival de danza al que tampoco él pudo entrar? y que rieron extrañados de que la opción para los dos fue caminar hacia la biblioteca Luis Ángel Arango sin saber muy bien que iba pasar allá y que por azar terminarían en aquel recital cuando pudieron haber girado hacia al chorro, o irse cada quien a su casa a ver la tele y comer pan, pero que no, que ese día se habían topado y que justo cuando él iba saliendo se te cae a sus pies el volantico de ese festival, que no es coincidencia dijiste tú, ¿te acuerdas?, ahí yo sonreí y te dije que tampoco lo eran las ganas mutuas de tomarse un café. Tú me sonreíste y caminaste delante de mí, sin palabras, solo mirando hacia atrás de reojo para percatarte que te seguía. Al salir de la biblioteca caminamos hacía la nada y me pediste que nos detuvieramos, te acordaste de una escena de una película y me dijiste que desde que la viste supiste que era innecesaria la tensión generada por no saber cuando es preciso darse besos, tú no querías esperar el momento adecuado, decías que no existen tales cosas como los momentos perfectos, y tú qué te me estiras y yo que te abrazo y te digo que solo le daba besos a quien al abrazarme me entrara en el cuerpo y me acariciara el espíritu. Me preguntaste al alzar tu rostro si lo habías logrado, yo te respondí con un recorrido nervioso de mi mejilla hacia tu boca, hasta que éstas se encontraron y espere el beso tierno que tus ojos sugerían pero me encontré con tu lengua inquieta y curiosa y me gustó eso que hacías, cerré los ojos como si fuera mi primer beso y mi lengua jugó y exploró hasta encontrar tu espíritu. Nos soltamos nuestros húmedos labios y seguimos caminando, me cogiste la mano cuando sentiste a una moto acercarse y te recogiste y luego me abrazaste, yo sonriendo te dije miedosa, y me hiciste el primer puchero de nuestra vida juntos y cometí el error de confesar que tras un puchero mi alma se suavizaba y mis resistencias a amar se quebraban como un vidrio en caída libre. Ah, te amé tanto esa misma noche. No tanto como te amo hoy cuando te escribo esta carta. Deseo mañana entregártela y decirte que sin conocerte ya te amaba porque estaba empezando a amarme a mí, y sabía desde ya que nos parecíamos, que nos amaríamos y nos ayudaríamos a fortalecer. Te amo, mujer, te amaba incluso cuando no sabía tu nombre ni el color de tu voz, te amaba por que ya te había abrazado, porque ya me habías regalado ese libro favorito que todavía no encontraba y porque desde ese día que leí a Ospina supe que “En mis labios ya están, invisibles, tus labios”.
Con deseo, F.