Asido como un náufrago a una tabla, Mikel renegaba pensar
que aquellas dos chicas frente a su ordenador pudiesen comérselo. Sus ideas
habían empezado con asedio ese día, como quien prende una mecha sin imaginar
que algo fuese a explotar. Había un amontonamiento, una aglomeración de
sentimientos turbios en su cabeza. Pronto no tendría ropa y sobre él estarían aquellas
dos chicas peleándose como dos perros por un trozo de carne; él no lo sabía,
pero parecía sospecharlo. Verlas allí con la mirada comprometida con lo que
fuera que estuviesen pensando se lo decía, es más, se lo demandaba. “Te vamos a
comer Mikel… …te vamos a comer y de ti, ¡no quedara nada!”, balbuceaba el
chillar de la ventana movida por la brisa de medianoche.
Se aventuró dos tres pasos sobre el piso de madera de su habitación.
Las observó. Parecía una escena estática de una película de Stanley Kubrick, que
en cualquier momento dejaría de ser estática y pasaría algo horrible; como si
de por sí la escena quieta no diese miedo suficiente. Una de las chicas le
habló. “¡Es una trampa! ¡Todo es mentira!”. Era como si una fotografía le hablara.
– ¿Me escuchas? –los oídos de Mikel los acaparaban especulaciones
venidas de la noche tan oscura.
Perdido en ideas peligrosas parecía entender por fin la naturaleza
de su situación. De pronto el bar, el coqueteo y el trabajo tuvieron sentido
para Mikel.
–Si… –sólo había una respuesta.
Se quedaría inmóvil, con los músculos quietos pegados al
hueso hasta que fuese el momento ideal, entonces todo sucedería; Mikel cumpliría
su destino, y aquellas chicas pagarían.