Sentado a la mesa de algún restaurant se le ocurrió la maravillosa idea de matarlos a todos del susto. La mujer sentada al frente que hablaba con su mayor -ella era él sentado a esa mesa, era él preguntando por salarios-, el hombre que le llevaría al menos diez años a ella, y las cortinas azules de la pizarra, le ponían la piel de gallina. Cuando nadie advirtiera, la niña con los ojos más endemoniadamente neutros saldría abriendo de par en par esas putas cortinas. ¿Corpúsculos tensos? La boca, la misma bajo esos ojos, se desplomaría hasta su pecho, grande, horrible, y esos ojos, esos sobre esa boca se pondrían negros, negros como el alma, como los de los caballos que corren contra la marea para morir ahogados, negros como agujeros. La mujer rió, pero gritaría -la mujer era él, ella gritando hasta el desmayo-, gritaría hasta que ya no fuese divertido, hasta que fuese serio, hasta que se agotaran sus ánimos de seguir gritando. Él sonrió.